Actes : La "découverte" des langues et des écritures d'Amérique
Emma MARTINELL y Nuria VALLES
Universidad de Barcelona, España
Toda situación comunicativa comporta un
intercambio de información, verbalizada y no verbalizada. No se trata de un
sistema; la interpretación de las señales es arbitraria
-subjetiva, cambiante-, pero de su interpretación repetida surge una convención
estable. A cada cultura le corresponden diferentes costumbres y diferentes
gestos, fuera de las posibles señales de carácter sintomático y, en general, no
reflexivas. Sabemos que el lenguaje no verbal es en parte instintivo; en parte,
imitativo; en parte, enseñado. El conocimiento de una cultura no sólo exige el
aprendizaje de su lengua, sino también el desentrañamiento de otros códigos.
Por suerte, la creatividad, el deseo de innovación tienen el límite que
establece la necesidad fundamental de ser comprendido. En consecuencia, el
hombre ha de comportarse físicamente de un modo que resulte “familiar” a los
demás, que podrán así interpretar correctamente su manifestación gestual
expresiva. Contemos con que la situación, el conjunto de elementos objetivos
del campo exterior que rodea a los interlocutores, es informativa. Los datos
lingüísticos deben ser más ricos o pueden ser más económicos según el grado de
conocimiento entre los interlocutores. En el caso de que, además de ser
desconocidos, pertenezcan a grupos culturales diferentes, se producirá un
estado de confusión, primero para detectar las señales no verbales portadoras
de información y desestimar las “insignificantes”. Luego, habrá que estar en
condiciones de atribuir a estas señales un valor, es decir, saber traducirlas
al sistema propio. Y lo mismo cabe decir de los rituales.
En el contacto inicial entre españoles y nativos, la interpretación de estas señales informativas de carácter no verbal tuvo que ser decisiva, puesto que no se contó con la posibilidad de un entendimiento lingüístico[1]. La primera etapa fue el mutuo reconocimiento, el reconocimiento del “otro”[2]. Para los españoles, lo más importante era en extremo elemental: procurar un acercamiento pacífico, que implicaba una proximidad física, y evitar una actitud agresiva que desencadenara un comportamiento belicoso. En el primer viaje, Colón llevaba a Luis de Torres que “sabia diz que ebraico y caldeo y aun algo arávigo” (Diario del primer viaje, 2.xi, 1942). Había pensado que sería de utilidad al llegar a Oriente. Sus conocimientos fueron inútiles, pues al desembarcar en Guanahaní sólo los gestos fueron vehículo de comunicación[3]. La inoperancia inicial de palabras y frases de unos y otros la contrarrestaba la “voz” de los ojos, de manos, brazos y piernas. El realismo documental del Diario del Primer Viaje de Colón conlleva un realismo físico[4]. Es evidente: aun primario, el lazo comunicativo de la gestualidad fue efectivo en la primera etapa del contacto.
Es aventurado afirmar que gesticularan más los españoles que los indios, o lo contrario. No sólo porque pudo gesticularse en la realidad y no contarse en las crónicas, sino también porque la mayoría de los textos fue redactada por españoles, o sea, por europeos, y porque incluso muchos de los textos y relatos autóctonos fueron transcritos a nuestros caracteres por los religiosos[5]. Los cronistas pudieron, quizá, destacar los gestos que advertían en los naturales frente a los suyos, para ellos de contenido establecido. Pudieron, quizá, ver los gestos de los “otros” por sus propios ojos, condicionados, e interpretarlos de acuerdo con sus criterios[6].
Según los cronistas, recurrían y confiaban en este canal comunicativo tanto los europeos como los americanos:
preguntaron a los Indios por el camino de los Llanos, (...) y ellos en respuesta se tapaban los ojos, significando con aquella acción, que jamás avían llegado a ver aquellas tierras, ni sabían camino, ni vereda por donde poderlos guiar (Fernández Piedrahíta, 1676:159)
por señas nos dizen que nos vamos de sus
tierras antes que aquella leña que allí tienen junta se ponga fuego y se acabe
de arder; si no, que nos darán guerra y matarán (Díaz
del Castillo, 1982:9)
En el primer caso, se da por hecho que el gesto de respuesta lo es, precisamente, a la pregunta formulada, y se interpreta el gesto. En el segundo caso, el cronista redacta su texto de modo que las señales “dicen”.
Veamos cómo se expresa la suposición de que los indios, gracias a su intuición, dedujeron datos a partir de alteraciones en la expresión:
los indios, por el semblante o aspecto que en los españoles vieron, entendieron lo que les pedían y habían menester (Aguado, 1963:81)
y los caçiques estavan enlevados desque lo oyeron, y no sabían si lo creer o no, e miravan a Cortés si azía algún mudamiento en el rostro, que creyeron que era verdad lo que les dezía (Díaz del Castillo, 1982:93)
No sólo los textos reflejan actitudes ingenuas, presuposiciones aventuradas. Junto a afirmaciones eufóricas, el Diario de Colón contiene aserciones cautelosas, como la de 19 de octubre de 1492:
según estos dan las señas, él señorea todas estas islas comarcanas, y va vestido y trae sobre sí mucho oro, aunque no doy mucha fe a sus dezires, así por no los entender yo bien como por cognoscer quéllos son tan pobres de oro que cualquiera poco qu’este rey traiga les pareçe a ellos mucho
Aunque por lo dicho anteriormente parezca que limitamos la práctica de la gestualidad a los primeros momentos del “encuentro”, la fecha misma de redacción de varios de los textos de los que hemos extraído ejemplos demuestra que este canal de comunicación fue usual en cualquier momento. Pensemos en la actuación de los religiosos que, durante su aprendizaje de las lenguas de los naturales, y en ausencia de intérpretes, recurrían a los gestos y a las señales visuales para llevar a cabo su tarea evangelizadora[7]. Cuando estuvo en condiciones de identificar voces cotidianas, cuando estas voces se asociaron con sus referencias, el intercambio gestual fue enriqueciéndose con la emisión simultánea de un número reducido de palabras[8]:
por señas y por alguna palabra que de aquella lengua entendía, les rogué que dos dellos fuesen con diez españoles a mostrarles la salida de aquel río (Cortés, 1985:388)
precediendo señas de paz con las manos, dixeron: “Xijtote”, que suena hermanos. (Súpose después) (Sarmiento de Gamboa, lvii)
La identificación del gentilicio de los recién llegados fue rápida, por su audición repetida:
y nos dizen por señas que qué buscávamos, y les dimos a entender que tomar agua e irnos luego a los navíos, y nos señalaron con las manos que si veníamos de donde sale el sol, y dezían -Castilán, castilán- (Díaz del Castillo, 1982:9)
También parecía fácil la identificación de topónimos:
A esta dicha se llego la de encontrarse ocho días despues con un Indio, que estava pescando, y a las preguntas que le hazian respondia solamente: San Sebastian, San Sebastian, palabra en que los nuestros entendieron lo mismo que él pretendia explicar, pues justamente señalaba con la mano a la ciudad, que distaba de alli quinze leguas (Fernández de Piedrahíta, 1676:375-376)
En esta confluencia de gestos y unas pocas palabras se produjo mucha confusión. Se formaron erróneas denominaciones, estables hasta nuestros días. Un caso famoso es el de Yucatán, término del que hay referencia en varios textos. Elijo la de las Décadas de Pedro Mártir de Anglería, en su traducción al español:
Los nuestros, por gestos y señales, preguntaron cuál era el nombre de toda la provincia, y ellos respondieron: Yucatán, que en su lengua significa: “no os entiendo”. Los nuestros pensaron que Yucatán era el nombre de la provincia y por este caso inmediatamente desde entonces quedó y quedará perpetuamente este nombre de Yucatán (Cuarta Década, Libro I, 254)
La segunda parte de la comunicación versará sobre los gestos cuya referencia lingüística he encontrado. Antes, debo reconocer algo. En el tipo de relatos acogidos al nombre genérico de “crónicas”, no es fácil encontrar referencias a escenas de vida familiar, de conversaciones, de juego, de trato amoroso. En consecuencia, no hay alusión a la manifestación expresiva y gestual propias de estas prácticas de interacción. Lo que para nosotros es habitual: una “caricia”, un “beso”, un “abrazo”, un “apretón de manos”, no se describe. En la referencia a los padres que pierden a sus hijos, a los jóvenes que se casan, a los ancianos que agonizan, a los prisioneros, la visión ofrecida no explota nunca las posibilidades novelescas. Hay información, pero no narración; quizá porque importaba brindar un testimonio, no un relato. Pocas veces se encuentran palabras como “risa”, “sonrisa”, “carcajada”, “parpadeo”, “guiño” o “bostezo”. A lo largo del proceso de descubrimiento, conquista y colonización tuvo que haber envidia, timidez, cordialidad, entusiasmo, ira, violencia, pasión. Resulta poco fructífero buscar, en los textos, testimonios de tales estados, y lo mismo en los compuestos al principio como en los redactados en el siglo xviii.
Algo muy primario y, a la vez, muy útil fue “señalar”. A veces la referencia es más completa: “con el dedo”, “con la mano”. Se señalan el cielo, unas montañas, la orilla del río, un poblado, un animal, la popa de un barco, el remo, la saeta, el arma de fuego, el cuchillo, la coraza, las pinturas rituales, la barba. Señalar montañas, ríos, tierra podía ir acompañado de la emisión del nombre. Si lo que se señalaba era un objeto material, se preguntaba sobre su identidad, su utilidad, el material del que estaba hecho, el riesgo o provecho de su uso, de su consumo. Elijo un par de citas como ejemplo:
Por señas preguntamos a los indios de adonde avían avido aquellas cosas. Señaláronnos que muy lexos de allí avía una provincia que se dezía Apalache (...) y hazían seña de aver muy gran cantidad de todo lo que nosotros estimamos en algo (Cabeza de Vaca, 1984:48)
aprisionaron un Indio, que no pudo huir con los demás, y del supieron por señas, que los nuestros le hazian para preguntarle, que todo aquel Pais montuoso se llamaba la sierra de Oppan; y mostrandole alguna sal de la que poco antes avian hallado, dió a entender, que la avian por contrato de algunas tierras, que estavan mas adelante (Fernández de Piedrahíta, 1676:107)
También fue elemental “preguntar”. Se hacía “por señas” o “por señas y gestos”. ¿Qué podían preguntar los indios a los españoles? Presumiblemente quiénes eran, de dónde venían y qué buscaban. ¿Y los españoles? ¿Qué les preguntarían a los indios? Creo que intentarían saber qué sitio era aquel en el que se hallaban, el nombre y la descripción de multitud de seres y objetos que desconocían, la localización de lo que buscaban, la identidad del que mandaba en cada grupo:
y preguntávanles por señas (de) dónde heran y adelante qué tierra avían: y con las mismas señas respondían ser naturales de Túnbez, como hera la verdad (Cieza de León, Descubrimiento, 1984:120)
Cuando había respuesta a las preguntas, y era por señas, o sea, sin uso de la palabra, los textos anotan “se responde por señas” o “se contesta por señas”. Y, claro, también “se muestra” o “se dice” o “se indica” o “se da a entender”, siempre “por señas”:
En todos estos pueblos nos esperaban los indios sin armas, porque es gente muy doméstica, y nos daban señas cómo habían visto cristianos (Gaspar de Carvajal, 1986:95-96)
No es muy variada la gama de términos con los que se describieron las expresiones, gestos y movimientos. Las más frecuentes se reducen a: “señas”, “gestos” y “ademanes”. La expresión del rostro la describen “visajes”, “meneos” y “demostraciones”. También hemos encontrado “halagos”, “semblante” o “aspecto”. Suelen aparecer combinados en binomios sinonímicos: “ademanes y gestos”, “señas y gestos”, “señas y conjeturas”, “señales y gestos”. Con muy poca frecuencia el redactor añade un complemento que aclare de qué era señal esa señal, algo del tipo, por otra parte tan común, de “expresión de enfado”, “señal de contento”, “ademán suplicante”, “mirada colérica”. En cambio, sí es corriente la presencia de sintagmas como “señal de paz”, “muestras de paz”.
Las órdenes también se transmitieron por medio de señales gestuales. Los verbos son “mandar”, “advertir”, “decir”. A menudo se trata de deseos o avisos relativos a acciones físicas, como evitar un ataque:
ficiéronles señal que esta allí el señor, que no tirasen (Cortés, 1985:272)
o invitar a un acercamiento pacífico:
Con señas de pas que les hizimos, y llamándoles con las manos y capeando para que nos viniesen a hablar, (...) sin temor ninguno vieron (Díaz del Castillo, 1982:7)
Cuando llegó esta canoa habló de muy lexos, e yo ni otro ninguno no los entendíamos, salvo que yo les mandava hazer señas que se allegasen (Diario del tercer viaje, 231)
dixo por señas, con muy alegre cara y muestras de paz, que fuésemos a su pueblo, y nos darían comida y lo que oviésemos menester (Díaz del Castillo, 1982:7)
como rendirse, abandonando la lucha:
hicieron señal que se querían dar, y pusieron las armas en el suelo (Cortés, 1985:216)
como prometer ayuda:
consoláronse con decirles por señas que Nosotros los defenderíamos y mataríamos á los otros (Sarmiento de Gamboa, 1768:209)
La paz se promete con gestos:
en señal de paz y amor alzaban las manos en alto (Cabeza de Vaca, 1984:178)
pero también de un modo más material:
y cada uno dellos me dio una flecha, que es señal de amistad (Cabeza de Vaca, 1984:71)
Enviáronnos los indios dos mensajeros, el uno cojo de un pie, y el otro contrahecho de un lado, y traían sendos papagayos y un poco de pescado, y por señas nos dijeron que los indios venían luego todos de paz (Pedrarias de Almesto, 1986:152)
La simbólica bandera blanca la enarbolaron los europeos:
Y luego por la mañana parecieron Naturales sobre la Costa, y nos dieron voces é hicieron fuegos. Respondímosles con bandera blanca en señal de paz (Sarmiento de Gamboa, 1768:262)
Y también los nativos de América. (Vemos cómo es el color el que simboliza, más que el material o el objeto):
estavan en posta y vela muchos indios del gran Montezuma en aquel río, con unas varas muy largas, y en cada vara una bandera de manta de algodón blanca, enarbolándolas y llamándonos, como que paresçían eran señales de paz, que fuésemos adonde estavan (Díaz del Castillo, 1982:26)
trayendo en señal de amistad una divisa de plumas blancas (Lozano, 1733:211)
Hemos presentado señales de contenido inmediato, las que pretendían informar sobre el entorno, las relativas al comportamiento físico del receptor, las que aspiraban a conservar una situación de paz. También, las señales de interpretación concreta, relacionadas con seres, productos y objetos cuyo conocimiento interesaba. Eran de interpretación abstracta las señales gestuales alusivas a las enfermedades, la muerte, los cautiverios; al hambre y al dolor. Pero no se trata sólo de eso; con gestos, los españoles afirmaban no ser divinos, sino mortales. Con gestos exponían las verdades fundamentales de su fe, y manifestaban su respeto al rey. Cuesta imaginar cómo el canal gestual fue vehículo apropiado para transmitir mensajes fundamentales, como estos:
y dixímosles por las señas, porque nos entendían, que en el Cielo avía un hombre que llamávamos Dios, el cual avía criado el cielo y la tierra, y que éste adorávamos nosotros y teníamos por Señor y que hazíamos lo que nos mandava y que de su mano venían todas las cosas buenas, y que si ansí ellos lo hiziessen, les iría muy bien dello. Y tan grande aparejo hallamos en ellos, que si lengua oviera con que perfectamente nos entendiéramos, todos los dexáramos christianos. Esto les dimos a entender lo mejor que podimos (Cabeza de Vaca, 1984:125)
el signarse y santiguarse, rezar el Pater Noster, Ave Maria, Credo, Salve Regina, todo esto en latín (por no saber los religiosos su lengua ni tener intérpretes que lo volviesen en ella): lo demás que podían, por señas (como mudos) se lo daban a entender, como decir que había un solo Dios (Mendieta, 1973:133)
Vista la complejidad de los mensajes y la limitación de los gestos, de cuyo contraste podemos suponer que fueron sabedores europeos y americanos, es lógico deducir que sólo se recurría a tal tipo de señales cuando no se conocía nada de la lengua del otro. Lo reconoció Colón el 24 de octubre:
creo que, si es así como por señas que me hizieron todos los indios d’estas islas (...), porque por lengua no los entiendo, es la isla de Çipango
Se siguió recurriendo a ellos, más adelante, cuando no se disponía de un buen intérprete:
y aunque no tenían intérpretes que entendiesen aquella lengua y gentes, por señales procuraron saber y entender lo que deseaban (Aguado, 1963:426)
Insistiremos una vez más: los gestos no forman un sistema estructurado, con una motivación natural. Sus signos no tienen valor universal; lo tienen estable sólo para los miembros de una comunidad, de una cultura. Y en el encuentro americano no se dio esta circunstancia, sino la contraria[9].
Lo mismo puede decirse de los rituales, de los comportamientos establecidos como adecuados en determinadas situaciones, y repetidos por tradición. En el tercer viaje (1498-1500), el Almirante mandó a sus hombres que organizaran un baile en el castillo de popa. Al oír la música y ver los movimientos, los indios tomaron todo aquello por un desafío, por una señal de guerra. Soltaron los remos y respondieron arrojando sobre los atónitos españoles una nube de flechas[10]. De consecuencias menos peligrosas, pero también importantes, fue el modo equivocado en que saludaron unas damas desconocedoras del código de comportamiento del vencedor. Lo cuenta Fernando de Alva[11].
Si consideramos impositiva la aculturación llevada a cabo por los españoles en América, veremos como imposición el enseñar, inducir u obligar a hablar la lengua propia (la legislación fue muy cambiante, y hubo un desajuste entre las decisiones de la Corona y lo que hicieron colonizadores y religiosos[12]). Y no sólo fue acomodarlos a una lengua, sino a unos gestos, a un modo de comportarse en el espacio y en el tiempo, y a unos rituales. Era casi un modo de “silenciarlos”[13]. No dudemos de algo: también el español aprendió sus lenguas, y se hizo a sus gestos y a sus ritos. Sobre todo por el afán de conocer, de entender costumbres y creencias, fruto este afán del espíritu humanista. Por esta causa se ha reconocido en alguno de estos textos el carácter de primeros tratados de etnología y de antropología[14].
Nos detendremos una vez más ante la duda de si fue fácil o difícil entenderse por señas. Documentamos alusiones a la facilidad, del tipo de “señas muy patentes”, “bien claras señas”; pero son igualmente numerosas las referencias a las dificultades de comprensión: “con gran trabajo”, “lo que más dello se pudo alcanzar fue (...)”. El Inca Garcilaso lo precisó así:
le preguntaron por señas y por palabras, ¿que tierra era aquélla, y cómo se llamaba? El indio, por los ademanes y meneos que con manos y rostros le hacían, como a un mudo, entendía que le preguntaban, mas no entendía lo que le preguntavan (Inca Garcilaso, 1723:5)
y Pedro Mártir de Anglería, que nunca pisó América:
Pidieron la paz, según se podía colegir por las señas y ademanes, pues los nuestros declaran que no entendieron una palabra (Década segunda, Libro vii:141)
A este reconocimiento de comprensión relativa hay que sumar los testimonios que hablan de miedo o de incertidumbre, de la mentira, del engaño, de la traición:
los Indios bien alhajados de Chagualas los llamaban con ademanes, que mostraban señales de paz; mas era muy otra su intención, pues las demostraciones que hazian (...) (Fernández de Piedrahíta, 1676:73)
Y este indio que servía de argento se fué algún tanto de trecho de camino desviado de la emboscada que dejaba hecha para que los españoles no parasen ni hiciesen caso de lo que antes dél estaba, dando a entender no haber nada, lo cual hacía con meneos y palabras fingiendo llamar a la gente quen pos dél venía (Aguado, 1930:430)
Por otra parte, el cronista parecía captar cuándo los gestos de los contrarios comportaban menosprecio o burla; estos sentimientos se ven al reproducir miméticamente los indios algún gesto de los españoles. Por ejemplo, cuando se les pidió que, en señal de acatamiento al rey de España, alzaran una bandera tal como ellos lo hacían:
la cual (bandera) los indios la tomaron y la alçaron tres vezes riéndose, teniendo por burla todo cuanto les habían dicho (Cieza de León, Descubrimiento, 1984:155)
o bien en otras circunstancias:
volviéndose a los españoles, les hacían grandes y fieros ademanes con cuerpos y piernas, haciéndoles la perneta en señal que los tenían en poco (Aguado, 1930:427)
burlandose de los nuestros con diferentes salidas, que hazian, acompañándolas de visajes, y demostraciones en señal de menosprecio (Fernández de Piedrahíta, 1676:353)
Llegado el momento de concluir, nuestra opinión es que, por lo general, el cronista aceptó no sólo que las señas valían para comunicarse, sino que mediante señas se entendía el mensaje que ellas vehiculaban, y no otra cosa. Dicho de otro modo deducimos de los textos que el mensaje entendido y el mensaje emitido eran una misma cosa. Entre otras razones, nos apoya ésta, de naturaleza formal: junto a los complementos ya citados (“por señas”, “por gestos”, “por señales”, “por el semblante”) aparecen verbos de contenido tan definido como “colegir” o “deducir”; “entender”, “conocer” e, incluso, “saber”.
Es evidente que entonces, como ahora, cada cual interpretaba las señales sobre todo según su deseo. Sin embargo, dichas señales constituyeron inicialmente el único canal de comunicación entre pueblos cuyas lenguas eran ininteligibles.
TEXTOS UTILIZADOS
aguado, Pedro de
1930 Historia de la provincia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, Espasa-Calpe, Madrid.
1963 Recopilación historial de Venezuela, Academia Nacional de la Historia, Caracas.
anglería, Pedro Mártir de
1989 Décadas del Nuevo Mundo, Polifemo, Madrid.
Cabeza de Vaca, Alvaro Núñez ,
1984 Naufragios y Comentarios, Historia 16, Madrid.
Carvajal, Gaspar de
1986 Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande, Historia 16, Madrid.
Cieza de LeÓn, Pedro
1984 La crónica del Perú, Historia 16, Madrid.
1984 Descubrimiento y conquista del Perú, Zero-Jam Kana, Madrid-Buenos Aires.
ColÓn, Cristóbal
1986 Los cuatro viajes. Testamento, Alianza, Madrid.
Cortés, Hernán
1985 Cartas de Relación, Historia 16, Madrid.
DÍaz del Castillo, Bernal
1982 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, CSIC, Madrid.
FernÁndez PiedrahÍta, Lucas
1676 Historia general de las conquistas del Nuevo Reyno de Granada, Amberes.
Inca Garcilaso de la Vega,
1723 Comentarios Reales: el origen de los incas, Imprenta de la Gazeta, Madrid, 2ª ed.
Lozano, Pedro
1733 Descripción Chorographica del terreno, ríos, árboles, y animales de las dilatadísimas Provincias del Gran Chaco, Gualamba, Córdoba, Colegio de la Asumpción.
Mendieta, Jerónimo de
1973 Historia eclesiástica indiana, BAE, cclx y cclxi, Madrid.
Pedrarias de Almesto,
1986 Jornada de Omagua y Dorado, Historia 16, Madrid.
Sarmiento de Gamboa, Pedro
1768 Viaje al Estrecho de Magallanes, Imprenta Real de la Gazeta, Madrid.
[1] Ver capítulo 1 de E. Martinell, Aspectos lingüísticos del Descubrimiento y de la Conquista, CSIC, Madrid, 1988, y de la misma autora, el capítulo 4 de La comunicación entre españoles e indios: palabras y gestos, Mapfre, Madrid, 1992.
[2] Aparte de la obra de T. Todorov, La conquista de América. La cuestión del otro (1982), Siglo xxi, México, 1987, pueden verse los trabajos recogidos en Les représentations de l’Autre dans l’espace ibérique et ibéro-américain (perspective synchronique) Actes du colloque organisé à la Sorbonne par le GRIMESREP (Mars 1990), Presses de la Sorbonne Nouvelle, Cahiers de l’UFR d’Etudes Ibériques et Latino-Américaines, nº 8, 1991; y los trabajos recogidos en L’”Indien”, instance discursive, Actes du Colloque de Montréal, 1991, Les Editions Balzac, Candiac (Québec), 1993.
[3] R. Konetzke, Jahrbuch für Geschichte von Stadt, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, Köln, 1, 1964:74.
[4] Es una opinión de J. Romera Castillo, en Literatura hispánica. Reyes Católicos y Descubrimiento, PPU, Barcelona, 1989:115-124.
[5] Ver al respecto M. León Portilla, Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la Conquista (1959), edición revisada y enriquecida, UNAM, México, 1989, y El Reverso de la Conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, Joaquín Mortiz, México, 1964; N. Watchel, Los vencidos. Los indios del Perú frente a la Conquista española (1530-1570) (1971), Alianza, Madrid, 1976; la creación anónima del pueblo maya, el Chilam Balam de Chumayel, Historia 16, Madrid, 1986.
[6] Analizan la relatividad de lo contado en las crónicas, entre otras, las monografías: E. Cros, en L’”Indien”, instance discursive, op. cit.:37-51; P.L. Crovetto, Nova Americana 3, 1980:239-270; A. Gómez-Moriana, Centuries, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1964; A. Palerm, Historia de la etnología: los precursores, Centro de Investigaciones Superiores, INAH, México, 1974. Hay numerosas monografías, de las que entresacamos las siguientes: J.L. Abellán, Revista de Indias xxxvi, nos. 145-146, 1976:157-179; E. Aguirre, Arbor, vol. 36, nº 134, 1957:176-187; K.W.Butzer, Annals of the Association of American Geographers: The Americas before and after 1492: Current Geographical Research, vol. 82, nº 3, 1992:543-565; D. Ramos, Miscellanea Paul Rivet Octogenario Dicata, UNAM, México, tomo ii, 1958; F. del Pino, Revista de Indias, nos. 153-154, 1978:507-546.
[7] R. Ricard, La conquista espiritual de México (193), Jus-Polis, México, 1947:16; R. M. Batty, América Indígena, xxviii, 1, 1968:23-50; J.L. Buffa, Romanica, 7, 1974:7-47 (nota 4 de la p. 9).
[8] G. Haensch, Miscellània Sanchis Guarner, Quaderns de Filologia, Universitát de València, València, vol. ii, 1984:157-158.
[9] J. L. Rivarola, Lengua, comunicación e historia del Perú, Lumen, Lima, 1985:12. Algunas de sus ideas sobre este punto se encuentran, ademàs, en su obra La formación lingüística e Hispanoamérica, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1990.
[10] M.V. Calvi, «Communication between Spaniards and Indians in Columbus' Journal», Annals of Scholarship, vol. 8, n° 2: «Discovering Columbus», New York, 1992:181-199.
[11] Propone este ejemplo M.V.Calvi, «E1 diálogo entre españoles e indígenas en la XIII Relación de Fernando de Alva Ixtlilxochitl», Quaderni ibero-americani, 72, ciclo XVIII, vol. IX, 1992:621-639.
[12] Ver el capítulo 6 de E. Martinell, La comunicación entre españoles e indios: palabras y gestos. Aparte de la monografía de M. Briceño, La obligación de enseñar el castellano a los aborígenes de América, Academia Venezolana de la Lengua, Caracas, 1987, hay artículos de lectura muy recomendable: J.L. Buffa, «Política lingüística de España en América», Romanica, 7, 1974:7-47; M. Mörner, «La difusión del castellano y el aislamiento de los indios, dos aspiraciones contradictorias de la Corona española», Homenaje a Jaime Vicens Vives, Barcelona vol. II, 1967:435-446; R. Oroz, «La evangelización de Chile, sus problemas lingüísticos y la política idiomática de la Corona en el siglo XVI», Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Santiago de Chile, 66, 1962:5-28; E. O'Gorman, «Enseñanza del castellano como factor político-colonial», Boletín del Archivo de la Nación, México, XVII, 1946:163-171.
[13] Aparte de los que sostienen que en la historia se han cometido genocidios lingüísticos, actos de glotofagia hay otros estudiosos que aluden al silencio al que se sometió a los naturales. Conviene ver, en esta línea, los trabajos de Lore Terracini, «La violenza reale. I codici del silenzo» y «L'incomprensione linguistica nella Conquista spagnola: dramma per i vinti, comicità per i vincitori» ambos en I codici del silenzo, Edizioni dell'Orso, Torino, 1988:13-23 y 197-229, respectivamente. De la misma autora, «Lingua e potere nella conquista Spagnola», en Scoperta e conquista dell'America, Dimensioni e problemi della ricerca storica, Università "La Sapienza" di Roma, n° 2, 1992:221-229. También interesa, de S. Benso, «Il silenzo e la voce di Atahualpa», Quaderni ibero-americani, 72, ciclo XVIII, vol. IX, 1992:649-660.
[14] La crónica quizá más destacada, en este sentido, es la de José de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias (1589), Historia 16, Madrid, 1986. Hay libros sobre este tema: G. Gliozzi, Adamo e il Nuevo Mondo. La nascita dell'Antropologia come ideologia coloniale: dalle genealogie bibliche alle teorie razziali (1500-1700), Firenze, La Nuova Italia Editrice, 1977; M.T. Hodgen, Early Anthropology in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1964; A. Palerm, Historia de 1a etnología: los precursores, Centro de Investigaciones Superiores, INAH, México, 1974. Hay numerosas monografías, de 1as que entresacamos las siguientes: J.L. Abellán, «Los orígenes españoles del mito del 'buen salvaje'. F. Bartolomé de Las Casas y su antropología utópica», Revista de Indias XXXVI, nos. 145-146, 1976:157-179; E. Aguirre, «Una hipótesis evolucionista en el siglo XVI. El P. José de Acosta S.I. y el origen de las especies americanas», Arbor, vol. 36, n° 134, 1957:1716-187; K.W.Butzer, «From Columbus to Acosta: Science, Geography, and the New World», Annals of the Association of American Geographers: The Americas before and after 1492: Current Geographical Research, vol. 82, n° 3, 1992:543-565; D. Ramos, «El etnógrafo Gumilla y su grupo de historiadores. Nuevos datos sobre las obras misionales de éstos al mediar el siglo XVIII», Miscellanea Paul Rivet Octogenario Dicata, UNAM, México, tomo II, 1958; F. del Pino, «Contribución del Padre Acosta a la constitución de la Etnología. Su evolucionismo», Revista de Indias, nos. 153-154, 1978:507-546.